La travesía

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Toda la aventura comenzó un 10 de Julio, era mi cumpleaños número diecisiete, una buena edad para comenzar la travesía  hacia el otro lado del mundo con simplemente mi compañía durante el largo trayecto de casa hasta aquel sitio desconocido donde comenzaría la inolvidable experiencia que tenía domicilio, nombre, increíbles personas y nuevas cosas por conocer y experimentar.

El inicio de mi historia partió en el aeropuerto de México, para ser más específicos, podría decirse que tuvo que correr para poder partir. Verán, al parecer una persona con minoría de edad debe cumplir con ciertos requisitos extra para poder partir, los cuales con los que yo no contaba y de los que me enteré al momento de querer abordar mientras faltaba una hora, aún agradezco el inicio de mi historia a aquel hombre de oficina que hizo todo lo posible por lograr conseguir mi permiso justo a tiempo para tener el lapso suficiente para correr hasta la puerta indicada donde me esperaba aquel avión inmenso ante mis ojos que estaba listo para volar durante once horas para llevarme acercarme un poco más hacia mi destino: La Maison des Bateleurs en Montendre, Francia.

El tiempo en aquel avión con dirección a Madrid, España pasaba sin avisar, cuando menos lo pensaba ya era hora del siguiente aperitivo y de la siguiente película en mi pantalla, pero el pasar de las horas no anunciaba en ningún momento la hora de dormir ya que mis ansias por llegar ignoraban cualquier síntoma que el sueño pudiera causar. De pronto la llegada fue anunciada y el descenso comenzó, aún puedo sentir aquella guerra que ocurría en mi estómago mientras se anunciaba la llegada a Madrid.

Cuando llegué al aeropuerto no sabía qué procedía, ya que el aeropuerto era muy grande, no comprendía cómo funcionaba, en qué debía guiarme y había un vuelo de Madrid a Francia esperando por mí, fue entonces cuando vi el rostro familiar de la chica que estaba sentada en el asiento del avión que se encontraba detrás del mío la cual me explicó que debía esperar a que mi vuelo saliera en la gran pantalla para saber a qué puerta debía ir y posteriormente ella partió a tomar su vuelo. Ese fue el momento en el que aprendí básicamente el funcionamiento del resto de los aeropuertos en los que me encontré.

Después de esperar mientras observaba la pantalla, finalmente apareció mi vuelo y la puerta en la que debía estar así que fui hacia ella y volé hacia París, la segunda parada de mi destino. Al llegar no dejaba de pensar que aquellos cursos de francés por fin rendirían sus frutos cuando de pronto cesaron al no saber cómo preguntar correctamente si había algún tipo de casilleros en los que pudiera dejar mi maleta.

Al finalizar el dilema de la maleta, salí del aeropuerto aún un poco confusa y subí a un autobús que iba hacia la estación Montparnasse donde debía abordar un tren hacia Bordeaux al día siguiente por la madrugada. Todo ese día me dediqué a bajar en estaciones del metro al azar, todo se vuelve divertido cuando en cada estación hay algo interesante por ver, pero la diversión disminuye un poco cuando son las 11:00pm y no recuerdas dónde está el hotel en el que estás hospedado ni el nombre del mismo y sabes que está mal confiar en extraños en un continente desconocido pero no tienes alternativa alguna, es ahí donde decides finalmente dejarte ayudar por un grupo de turistas que por segunda ocasión habían preguntado si podían ayudar en algo, después de que estas personas completamente desconocidas para mí lograran ayudarme en encontrar mi hotel sin pedir nada a cambio es cuando piensas que sólo falta tener un poco más de fe y confianza en la existencia de personas buenas, pues suelen estar por ahí. Siempre se debe tener simplemente un poco de fe, excepto unas horas antes cuando estaba en busca de un hotel y pregunté si podía pagar con la carte bleu y posteriormente la dueña asiática me corrió del lugar al instante, ahí no se puede tener tanta fe.

Como había mencionado anteriormente, el hecho de viajar hacia un lugar nunca antes visto había escondido mis ganas de dormir, fue entonces cuando al llegar al hotel el sueño se cansó de esperar y llegó en gran magnitud, el resultado: ser despertada por la encargada de limpieza de cuartos, voltear hacia la ventana y ver el sol en su máximo esplendor mientras aprecias durante unos segundos el reloj que marca cinco horas posteriores a la hora de partida del tren a Bordeaux. Mi reacción fue levantarme de golpe, guardar todas mis cosas con rapidez y correr hacia la estación de tren la cual para mi ventaja se encontraba a pocas cuadras del hotel, bueno, siempre pensaré que todo mi maratón hacia la estación hubiera sido más sencillo si mi maleta no se encontrara rota, en fin, uno simplemente no puede tener todo. Al llegar no tuve otra alternativa que comprar un nuevo boleto al triple de precio que el primero, ese fue mi primer viaje en tren en toda mi vida, era tan extraño que fuera tan veloz pero que no se sintiera nada en lo absoluto. Fue un viaje magnífico, incluyendo aquel instante en el que pensé que ya habíamos llegado y me bajé antes en otra estación, agradezco al amable checador que me dijo que me subiera de nuevo porque aún no llegábamos a Bordeaux. Cuando finalmente llegué a Bordeaux había perdido mi tren hacia Montendre, bueno, fue un largo trayecto para poder llegar hasta mi destino: muchas horas de viaje, trenes perdidos.

Mas sin embargo después de la gran travesía para llegar hasta mi destino, cada problema que se presentó fue olvidado al conocer a las personas que formarían parte de mi experiencia internacional durante las próximas tres semanas las cuales convirtieron todas las dificultades en simples historias para contar.

Author: Jenny Bleu

Fifth Edition

5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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