Alemania: La gran cancha

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 Cuando iba en el avión me ponía nervioso el hecho de estar por vivir mi primer voluntariado para adultos, pues apenas había cumplido los 18 para luego embarcarme en este viaje. Por varias horas a bordo de mi vuelo, me repetía incontables veces que nada me superaría y que todo saldría bien, pero después que el avión aterrizó y las puertas de la nave se abrieran, la mochila que cargaba junto con el color de mi piel cayeron rápidamente cuando mis ojos intentaban tan siquiera comprender lo que el primer señalamiento en Alemán decía.

Un amigo hace tiempo me había dicho que el alemán tenía muchas similitudes con el inglés en la escritura. Mi amigo lector. En la vida había visto una palabra en inglés con 27 letras juntas como la que me recibió en ese letrero del aeropuerto de Múnich. Solo la sonrisa macabra de la aeromoza que me indicaba con ademanes la ruta a donde tenía que ir, junto con los terribles gritos que una pareja anciana me decían con su florido alemán, me forzaron a moverme de la puerta y a encomendarme a mi creador y a los dibujos que acompañaban a los letreros para intentar sobrevivir a la Ilíada teutónica que me esperaba. 

Como si se tratara de un mal chiste en el que yo era el protagonista, los señalamientos en inglés y los dibujos iban desapareciendo, mientras las condenadas letras en alemán iban aumentando hasta el punto que los letreros parecían sopa de letras, solo que sin pistas o respuestas ocultas. Tenía que de alguna manera llegar a un pequeño pueblo bávaro llamado Ingolsdat para encontrarme con los organizadores del voluntariado, pero para eso tenía que ir primero a la estación del metro para maniobrar entre paradas y llegar a la de trenes.

Al llegar a la estación de trenes creía que saldría de ese infierno confuso, solo para darme cuenta que Dante tenía razón y que el infierno si tenía diferentes niveles. El ruido y constante movimiento que me acechaba con cada paso que daba me motivaba a optar por la fiel y siempre confiable posición fetal, para planear de manera estratégica sobre mi situación, pero antes de poner en practica mi infalible plan, una mujer de rasgos nada germánicos que pertenecía al grupo de asistencia de la estación se acercó para hacerme preguntas que claramente eran en alemán. Al ver mi rostro que deslumbraba de seguridad y autocontrol total (déjenme soñar) la señorita dijo algo que no era alemán, después supe que esta mujer era una inmigrante brasileña que aunque no sabía español, su portugués sería suficiente para entendernos de maravilla. Estaba tan emocionado que tuve que abrazarla sin importarme las normas sociales más básicas sobre invasión de espacio personal. Me sentía como un niño de Calcuta abrazando a la Madre Teresa.

Cuando el tren empezó su ruta y la genialidad alemana finalmente dio la cara. Conocí gente de toda la zona bávara, tanto de Frankfurt como de la misma Igosdat, que me hablaban con toda la energía del mundo sobre lo que estaba por conocer, como la cerveza, la comida, la arquitectura y la gente. Presumían de una gran decencia y educación, así como también se quejaban del constante trabajo que su cultura les demandaba, pero me dijeron que no debía de preocuparme por eso, pues había un corto lapso de tiempo cada 4 años en que la poderosa máquina de trabajo alemana decidía tomarse un merecido descanso, para desencadenarse en grandes fiestas llenas de los excesos más colosales que por lo menos, su propia gente en otra época del año nunca podría tolerar. Me encontraba en el verano del 2014 parado en una de las naciones más devotas al futbol del planeta, lista para recibir en cada pantalla, periódico y canal de radio la llegada de la Copa del Mundo de Brasil.

Cada ápice de patriotismo que albergaba todo alemán en su corazón lo dio a conocer esas semanas. Todas las calles, carros, ventanas e incluso los rostros tenían pintada la bandera alemana, tanto así, que en una ocasión cuando viajaba plácidamente por la escaleras eléctricas a la parte superior de la estación de Múnich, dos grandes manos de diferentes personas se extendieron a mis lados recibiéndome con gritos y aliento a cerveza en los últimos escalones, y aprovechando mi sinergia causada por las escaleras, me pintaron ambas mejillas con una barra de maquillaje de su bandera tricolor, dejando que el movimiento mecánico acercara nuestras caras a sus patrióticas manos. Era imposible no reírse ante esa colorida emboscada.
Antes y después de cada partido todos los ecos causados por las máquinas de construcción y los cláxones de los carros eran remplazados por los canticos nacionales más eufóricos que el pueblo alemán podía ofrecerles a su adorada selección. Me tocó ver incluso como en el día de la semifinal después del partido, un metro atiborrado de gente tuvo que ser detenido por miedo a que la maquina se saliera de sus rieles debido al gran alboroto festivo que había dentro.

Cuando llegué a Ingsodat, solo tenía que sentarme y esperar al siguiente camión, hasta que en un momento mi soledad fue interrumpida por un cálido rostro, que sin dudas tenía una expresión parecida a la mía cuando llegue al aeropuerto. Al entablar unas cuantas palabras descubrimos que ambos veníamos al voluntariado, y segundos después cual si fuera polvorín con un encendedor, explotamos a carcajadas cuando compartíamos nuestras únicas aventuras en este país ajeno para poder llegar aquí, luego ella me explico que venía del sur de Francia para cumplir un sueño que tenía como como estudiante de arquitectura, y era sentir lo que era ver una estructura terminada y hecha por sus propias manos y esfuerzo, lo cual sin duda se arrepentiría semanas después cuando la lluvia caía sobre nuestra zona de construcción y tuvimos que movernos en el agua, lodo y frio que solo el bosque alemán regalaba para salvar nuestro material de trabajo y mover leños enormes de madera. Incluso cuando lo habíamos movido todo a zonas secas, tuvimos que renunciar a nuestras tiendas de campaña pues al haberlas dejado abierta no solo invitamos a pasar al agua y el lodo sino un sinfín de especies que habían convertido nuestras maletas y bolsas de dormir en dignos ecosistemas para exponerlos en zoológicos. Juro que hasta vi a un cuyo en la esquina de mi tienda.
El camión había llegado y en su interior había otros participantes que se convertirían en pocas horas amigos para toda la vida. No solo con los que reiría y lucharía por los últimos platos limpios de la cocina improvisada, que por cierto estaba en una tienda de campaña de la cruz roja, pero con muchos de ellos hablaría sobre la vida, sobre el miedo natural al futuro, sobre los demonios que todos tenemos en nuestras tierras natales. Nos atrevimos a hablar de lo malo que ocurría en nuestras tierras, pero en ninguna confesión de alguien hubo un sentimiento de vergüenza, por el contrario, fueron los otros países ajenos los que nos motivaban en regresar para hacer un cambio, así nos decíamos entre todos, pues entre todos le recordábamos a cada uno sobre lo maravilloso que es su país y lo que puede ofrecer, no porque supiéramos todo sobre éste sino porque teníamos a un representante de ese lugar en el campamento, que había sido prueba viviente de las cosas grandes que puede ofrecer su país.
Entendimos con el sudor de nuestras frentes y los sueños de una comunidad que nos lo estaban compartiendo también, que no veníamos a vacacionar. Vinimos a cumplir un objetivo que nos llevaría incluso a conocernos a nosotros mismos, con la simple y gran fuerza unificadora del servicio. Esta fuerza que trasciende la carne y el cansancio fue lo que nos hizo aguantar las duras penas del calor y el desgaste, para poder voltearnos a ver las caras con una sonrisa sincera. Servirle a una causa fue lo que derrumbó de golpe todo estereotipo y prejuicio que pudiera albergarse en nuestras mentes, pues cuando uno comparte una meta y un camino, ya es imposible ver las diferencias, ya que estamos viviendo en una gran similitud.

También la copa del mundo nos unió, ya que cada día después de las horas de trabajo nos íbamos en bicicleta por la terracería, solo para llegar a la civilización y poder apoyar al equipo de uno de los voluntarios. Compartíamos su alegría ante los goles, abucheábamos ante las faltas del contrario, aprendíamos las porras nativas de cada equipo, bebíamos la impresionante cerveza alemana contando los chistes más brutos que puedan imaginar, luego regresábamos al campamento gritando por su victoria, e incluso compartíamos en su triste silencio al voluntario cuando su equipo perdía. Pero nada se pudo equiparar al día que dormimos en Múnich después de acabar el voluntariado, para la épica final de Alemania- Argentina. Un día ves a hombres y mujeres de negocios, en saco y con portafolio caminar con la debida propiedad que siempre les ha caracterizado, para luego ver un día después cuando ganaron la final, las calles llenas de hordas bárbaras como si regresaran a la edad media, caminaban tambaleándose, gritando, con vuvuzelas, maracas, trompetas para luego verlos mover carros entre 50 personas o escuchar las porras más ensordecedoras de mi vida. Los jóvenes se besaban en como escena del Titanic y los ancianos tiraban su bastón para bailar con quienes se les pusieran en frente. Fue la manera más hermosa de despedirme de mi amada Alemania.

Cuando la resaca, la fatiga y la sordera nos dejaron levantar de nuestras camas en el hostal que nos hospedábamos, las lágrimas y abrazos inundaron la habitación pues era hora de regresar a casa. Cuando llegué a mi casa y me tire a mi cama, lo único que podía pensar, era en boletos de avión. Meses después vi a los primeros rostros del reencuentro en la lejana Turquía, y a partir de ahí y hasta la fecha, no me he detenido.

Author: José Roberto Guadarrama Prado

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5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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