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Era un día gris de otoño. Algo que casi nunca veía en el sur de España, donde vivía antes de moverme aquí. Todo el mundo se encuentra dentro de sus casas protegiéndose de la nieve que cae. Excepto nosotros, un grupo de voluntarios que viven en la capital que hemos venido de visita al pueblo con una campaña de ayuda a los más necesitados. Soy el único extranjero , los demás son voluntarios locales con una vida aparte de este trabajo.


Vamos a casa de gente que no tiene literalmente casi nada, gente mayor, con hijos (o sin hijos que pudiesen cuidarlos), y proporcionarles bienes de primera necesidad: comida, jabón , trapos...
A mi me costaba andar sobre la nieve , no iba bien preparado, casi nunca había usado ropa de invierno en España. Además los caminos no están asfaltados y debajo de la nieve solo hay tierra.
Ese día cumplía dos semanas desde que llegué a Moldavia. ¿Por qué vine? No lo tengo claro aún. Tras 18 años viviendo en casa de mis padres, me sentía culpable de la tranquila vida que llevaba. Como si fuese una carga para los demás. Todo lo que tenia que hacer era ir a clase todos los días y no tenía mas preocupación que las mujeres y los estudios. Lanzarme a conocer otro país como voluntario significaba para mi tener mas responsabilidad sobre mi vida e intentar cambiar la de los demás.
Este país tiene dos caras, y la parte más oscura es difícil de ver si vives en la capital y no tienes necesidad de ir a otros pueblos, yo tuve que ir y ahora me siento afortunado. Chisinau como ciudad, aunque no llegase al nivel de una capital europea como París o Londres, tenia universidades, teatros restaurantes y todo lo que puedes pedir para no aburrirte nunca.
Las zonas rurales son diferentes, la gente no quiere vivir ahí, solo va en vacaciones para visitar a la familia. Los pueblos tienen un silencio que en vez de tranquilidad sugiere soledad. El suelo es barro, el reloj se ha parado para ellos, viven en otro siglo diferente- Apenas hay familias enteras, falta el padreo la madre casi siempre, todos tienen que emigrar a las ciudades, pero los ancianos se han tenido que quedar, nadie quiere dejar el hogar donde te has criado toda la vida.
Entramos en una de las últimas casas que nos quedan por hoy. Es un terreno grande y descuidado. Casi 100 metros cuadrados de tierra, donde gallinas pululan al aire libre y los perros las vigilan.
Accedemos a la vivienda en fila. La puerta está desgastada y las paredes agrietadas y sin pintar. De repente el me olor ahoga. Un olor rancio que hace que nada mas entrar tenga ganas de volver a salir, se nota que ahí habitan animales y que nadie tiene tiempo para lavarlos.
La casa esta formada solo por la entrada, una habitación con una mesa y un par de sillas, y un dormitorio. Dentro del dormitorio el panorama es silencioso y oscuro. La mesa tiene un par de platos con restos de comida, una radio de hace mas de medio siglo, un gato sucio durmiendo encima de la ropa un calendario con la imagen de cristo en la pared y una de madera cruz colgada y al lado una cama con la dueña de la casa acostada en ella.
Una mujer del pueblo que conoce a los vecinos está con nosotros para ayudarnos. Se dirige a la dueña del piso y le habla en rumano. No entiendo demasiado de lo que dicen,aun no he tenido tiempo de aprender el idioma.
La dueña , por su aspecto, debería de tener casi 80 años. El pelo gris como el polvo. Nada mas aparecer, de sus ojos surge un brillo por la sorpresa de sus nuevos visitantes. Entonces se pone a hablar, y no parece que vaya a parar. Agarra a una de mis compañeras del brazo con ambas manos, no quiere soltarla. Sigue hablando en rumano, le decimos que traemos comida y más cosas para ella , nos da las gracias y sonríe, ahora tenemos que seguir con nuestra ruta y visitar a mas personas. Entonces rompe a llorar. No quiere que nos vayamos, le ha alegrado más la compañía que la comida. Salgo de la habitación, me cuesta mirar a la pobre señora. Una compañera sale conmigo y señala una foto en blanco y negro colgada en la pared. Es la foto de un soldado, el marido de la anciana.
“Después de morir su marido se quedó sola, no tiene más familia. Aquí hay una foto de ella, era muy guapa cuando era joven Prefiero ayudar a niños que hacer esto, me rompe el corazón”
En ese momento la mujer se calma un poco, sigue agarrada de la mano de una de mis compañeras, entiendo algunas preguntas, le pregunta que de donde venimos aunque se lo dijimos al llegar a la casa. Solo quiere alargar el momento y evitar la inevitable despedida. Por fin nos vamos. Salimos de la casa en silencio, nadie tiene ganas de decir la primera palabra, aunque ellos llevan haciendo esto mas tiempo que yo parece que nunca llegas a acostumbrarte. Un par de perros fuera nos ladran , seguimos visitando el resto de casas , en silencio.
Al volver a mi apartamento me relajo en mi habitación , sabiendo que dentro de dos días tendría que hacer lo mismo en otro pueblo, distinta gente pero con los mismos problemas.
Muchos voluntarios me han hablado de la gran experiencia que están viviendo , conociendo a gente nueva, viajando con ellos, el ganar confianza en ti mismo, transformándote en una persona totalmente diferente a la que empezó su proyecto.
Pero no hay que olvidarse de lo que es ser un voluntario, en el sufrir por ver a otras personas sufrir, ver gente que solo por nacer en otro sitio diferente ha tenido que trabajar el doble que tú para conseguir la mitad. Y sentirás impotencia cuando veas que tu solo no puedes cambiar apenas nada ni siquiera aunque dediques toda tu vida a ello, pero no por ello hay que dejar de intentarlo. No por nosotros los voluntarios, sino por ellos los necesitados.

Fifth Edition

5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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