Silencio y piedras

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De Matera sabía más bien poco, que es casi lo mismo que no saber nada: que está en ese pedazo de tierra casi desconocido, entre la punta y el tacón de la bota, llamado Basilicata; que es todo piedra; que aquí se ruedan películas sobre Jesucristo; y que, gracias a un documental que había visto poco antes, desde los años noventa la ciudad había pasado de ser la vergüenza de Italia a Patrimonio Universal de la UNESCO, lo cual había provocado, entre otras cosas, que algunos extranjeros empezaran a comprar casas en los Sassi, y que ello –según el documental– estaba revitalizando el sitio. O lo que es lo mismo, estaba empezando a encarecerlo todo. El caso es que lo había solicitado yo como destino, desoyendo las voces que recomiendan elegir en función del proyecto y no del lugar. Buscaba sur, por una cuestión tanto climática como ideológico-económico-social-actitudinal: prefiero los países mediterráneos a los del norte de la Europa, por carácter, sociabilidad, por estilo de vida y, para qué negarlo, porque el primer mundo es aburrido.Y prefería Italia, tanto por una cuestión tanto idiomática como por una inexplicable afinidad sentimental desde la infancia. Además, mi bolsillo también prefería sur, así que por una vez estábamos los dos de acuerdo. Una ciudad en el sur de un país del sur se presentaba como un destino ideal, la desconocida Matera era el sitio perfecto.

Así que, con esas pocas premisas, me planté en el aeropuerto de Bari un 3 de enero de 2013, con la resaca de la Nochevieja todavía reciente, la típica maleta cargada de sueños que hasta el más idiota porta cada vez que se sube a un avión y una expresión en la cara a mitad de camino entre el «se va a cagar la perra» y el «¿pero qué hago yo aquí?». La misma cara de Froilán cuando empuña la escopeta del abuelo. Y con esa cara, ese cuerpo y esa maleta esperé, durante una hora, la llegada de los demás voluntarios y la de un tal Sante.

Quien llegó primero fue la sonrisa de Sante, como siempre. Su sonrisa es lo primero que llega y que te llega, siempre es así. Poco después, casi a la vez, llegó el propio Sante. Junto a él y un exvoluntario que le acompañaba –Pierre– tomé mi primer caffè y esperamos a los chicos que faltaban por llegar. Llegaron casi al mismo tiempo, en el mismo vuelo. El primero de ellos fue Julian, el ragazzo alemán que sería, es y será, mi compañero de habitación, cervezas, confidencias y batallas durante estos 9 meses. Mi fratello, en definitiva. El segundo, y último ese día, sería el georgiano Gocha: compañero también de cervezas, confidencias y batallas. Pero no de alcoba, que uno siempre fue hombre de un solo hombre, todo hay que decirlo. Y así, una vez juntos, subimos los cinco a la furgoneta. “Welcome to Italy” nos dedicó Sante con el primer frenazo de la furgo, en la primera rotonda. Y no sería el último. Esa maltrecha furgoneta nos llevaría, a una velocidad impensable, primero a Altamura, donde conoceríamos al resto de gente de la asociación, y poco después a Matera, donde viviría los siguientes nueve meses.

Y así, sobre ruedas, comenzó nuestra experiencia SVE. Y así esperamos que continúe.


Matera es una ciudad de tamaño medio, es decir, grande para la gente de la Basilicata, pequeña para los que venimos de Madrid. Está perfectamente situada entre el tacón y la punta de la bota. Exactamente en ese punto estratégico, entre el tobillo y el talón, con el que la Rita Hayworth provocó taquicardias en medio mundo y donde el resto de los mortales sólo acumulamos sequedad y tonos grisáceos. Matera también es un poco así: mitad diva del pasado, mitad piel seca. Una belleza de otro tiempo y de otro lugar: un conjunto monocromo de casas construidas, todas en tufo, la una sobre otra sin ningún orden aparente, donde el techo de una es el suelo de la siguiente. No es ni una fortaleza europea ni un laberinto magrebí, aunque es un poco las dos cosas, un extraño híbrido. Y demasiado incolora para ser una ciudad italiana, lo que la hace todavía más única. Es una pequeña joya surgida de Dios-sabe-dónde, no se sabe si ha aterrizado desde otra época u otro mundo o si emerge directamente de la gravina sin pedir permiso como una Atlántida recién despertada.

Y es que Matera es una ciudad bellísima. Y lo sabe, ése es el problema. Consciente de esa singularidad tan suya vive ensimismada, enamorada de sí misma. No se cansa de mirarse en el espejo, se sabe hermosa y diferente, especial, y por ello mismo no comprende por qué no es la chica más popular de la clase. Se mira y se pregunta por qué no es más famosa, más turística, más conocida en el mundo y reconocida en su país. Y en ese eterno mirarse y pensarse continúa desde hace 20 años. O desde hace 200. Y mientras se mira, se piensa y decide qué hacer para dar un paso al frente, permanece impasible e inmutable, fuera de tiempo y de lugar. Como Butragueño en San Siro, que al ver alzada una vez más la bandera del línea veía que no sólo estaba tres metros por delante de los defensores milanistas, sino también una década por detrás. En un fuera de juego en el que convergen tanto espacio como tiempo: un fuera de juego casi existencial. Matera, sabedora también de su paso cambiado, no sabe si continuar como el secreto mejor guardado del sur (imperceptible para el ojo europeo, pero no para el objetivo de las Nikon japonesas) o si recolocarse, sin saber cuál es el paso a dar. Sin saber si la solución pasa por abrirse definitiva y descaradamente al turismo, lo cual es una bonita metáfora que seduce con abrir mentes y bolsillos, aunque lo que realmente implica es abrir las piernas; o por crecer de una manera diferente como la ciudad diferente que es, dejarse guiar por esas nuevas generaciones de jóvenes que, tras un periodo fuera de su tierra, regresan a la ciudad con ganas de cambiarlo todo. Guiarse por ese movimiento asociativo que emerge no se sabe muy bien si con el objetivo de cambiar Matera como primer paso para cambiar el mundo o si cambiar el mundo como única vía para poder hacer cambiar su ciudad. Lo mismo da: el orden de los factores no altera los imposibles.

Así está Matera todavía, intentando crecer a su manera, decidiendo como una eterna adolescente qué quiere ser de mayor. El problema es que a la chavala se le ven demasiado sus calcáreas estrías en los posados de verano. Y es que aquí lleva gente viviendo desde el Paleolítico, dicen.


Dar los primeros pasos en Matera es sencillo y agradable. Adentrarse en la vida materana es fácil sobre todo porque desde la asociación de Altamura y los mentor de Matera se desviven por hacerte sentir como en casa desde el primer día. Sobre todo éstos últimos, los mentor Raffaele y Luca, que se toman su función tan a pecho que uno no sabe cuándo dejaron de hacer su trabajo para convertirse realmente en tus mejores amigos. Tal vez desde el momento en el que aprenden a decir su primer insulto en español, es decir, cuando ni siquiera han terminado el primer apretón de manos. Aún así, del mismo modo que es fácil comenzar a dar los primeros pasos en Matera, dar los siguientes es una tarea cada vez más complicada. Conocer otras gentes o e integrarse socialmente en Matera es como intentar abarcar los sassi a pie: desde fuera parece sencillo, pero una vez dentro ves que es un cúmulo de piedras, callejones sin salida y escaleras cada vez más altas, de piedras cada vez más duras. La dificultad radica en dos razones sencillas: uno, porque el que aquí escribe nació poco sociable por naturaleza; dos, porque Matera también.

Matera es acogedora, te abre inmediatamente sus puertas y te invita a entrar a vivir con ella. Lo realmente difícil es dejar de dormir en el sofá. La ciudad es tranquila y su gente es hospitalaria, aún más con la gente que venimos del extranjero. Acostumbrada al turismo, la ciudad da un cordial recibimiento al visitante pero, siempre sabedora que las relaciones turísticas son siempre fugaces, a menudo no da pie a grandes confianzas. Sabe que lo normal aquí es que la gente llegue, dé un par de paseos, se haga una foto en alguno de sus impresionantes miradores, se deje un poco de dinero en el comercio local y salga corriendo para no volver. Saben que la gente viene y va, y que es mejor no vincularse emocionalmente. Y al que dice que viene para quedarse no se la termina de creer. Saben que más pronto que tarde buscarás la salida más cercana. Y a poder ser con gasolinera, para poder salir volando sin mirar atrás y no detenerte hasta aterrizar en tu país de origen o en el planeta más cercano si hace falta. O más lejos todavía, en un pisito toscano desde el que poder escribir tus memorias, con tus lienzos de paisajes lucanos aún frescos bajo el brazo. Te irás enamorado de Matera pero te irás, como se van todos.

Y así, entre lo uno y lo otro, vas viendo cómo ese mundo inicial de experiencias y novedades poco a poco se va ralentizando, sin que te des cuenta, hasta llevarte al punto de sentirte estancado. Que toda esa gente que empezabas a conocer no la conoces del todo. Y no sabes si eres tú, es la ciudad, la gente o el clima, pero vas viendo cómo todo se detiene, hasta invadirte la sensación de que aquí no pasa nada. Aun así, mientras el ritmo va haciendo lentamente su trabajo, que no es otro que el de minar poco a poco la moral del chico europeo y cosmopolita hasta convertirlo en un autóctono. En los primeros meses puede resultar una experiencia incómoda, en algunos casos hasta traumática. En ocasiones uno no puede evitar sentirse como un Alejandro a las puertas de Tiro, perplejo ante un pueblo tan cerrado. Y es que más difícil adentrarse en un pueblo de ideas fijas que arrasar el Imperio persa. La situación es tan palpable y la frustración en ocasiones tan manifiesta que, después de cinco meses rondando la ciudad sin éxito, uno ya no sabe si encargar una torre de asedio y tomar la ciudad a ostias o abandonarse a Matera y convertirse definitivamente en el doctor Mateo.

Tal vez aceptarlo sea la verdadera integración materana, dejarse llevar, quieras o no quieras, por su ritmo lento. Por su no-ritmo.


Decir que eres extranjero y que vienes de Madrid conlleva consecuencias. Casi siempre la misma, que no es otra que un “No te preocupes, ya verás en verano. Ésto se llena de gente y hay tanto casino por las noches” como respuesta. No importa si después del “soy de Madrid” añades que te encuentras bien, que te gusta la ciudad o que, quién sabe, lo mismo podrías quedarte aquí por tiempo indefinido. No importa porque después de oír Madrid dejaron de escuchar. Saben que si has venido de una ciudad grande tarde o temprano buscarás jaleo, y que del mismo modo que la cabra tira al monte, el urbano tira a la multitud; y que llegará el momento –si no ha llegado ya- en el que Matera se te quedará pequeña. Porque debe ser que incluso a ellos se les reduce la ciudad en invierno del mismo modo que a Paris la Torre Eiffel se le encoge 6 centímetros con el frío, y no queda más remedio que esperar al verano, donde Matera parecerá más grande y animada, o simplemente más turística. Seguramente suceda así, básicamente porque todos los pueblos lo hacen, aunque la razón resida más en lo estival que en la ciudad en sí misma: si el verano puede convertir la crema de puerros en Vichyssoise qué no podrá hacer con una ciudad con el potencial de Matera.

Y en lo que tarda en llegar el verano, uno intenta vivir en una ciudad como ésta, con sus particularidades y sus encantos. Porque uno saber esperar, pero no quieto. Así que poco a poco aprendes a disfrutar de esos pequeños y tranquilos placeres que la ciudad y la región te ofrecen. A recorrer la Basilicata con Raffaele por pequeñas carreteras intransitadas e intransitables. A escapar de ella cuando surge la oportunidad, como los grandes viajes a otras zonas del país o las pequeñas expediciones junto a Julian -diurnas y nocturnas- en Altamura con Gocha y Carles, con Peroni y Padre Peppe. A recorrer los Sassi con Luca y descubrir recónditos lugares hasta ahora desconocidos incluso para él, que ha vivido 20 años en la ciudad. Tal vez no parece mucho, pero es lo mejor que se puede hacer en Matera. Éso y sumergirte en esas calles tan bien llamadas “un museo al aire libre”, adentrarte como un Owen Wilson en Midnight in Paris, a la caza de otro tiempo. Adentrarte en un pasado de silencio y piedra. Aquí no vienen a buscarte Fitzgerald ni Hemingway en coche para llevarte de fiesta, sino todo lo contrario: aquí no te espera nadie. En tus paseos no te acompaña más que ese silencioque lo inunda todo. Y es que Matera puede ser muchas cosas, pero sobre todo es una ciudad que se camina. Las vistas desde lejos, desde cualquiera de los miradores de la ciudad y desde el Parque de la Murgia te ofrecen panorámicas impresionantes, preciosas e inolvidables fotos turísticas; pero nada como caminar y respirar los Sassi, desde dentro, hasta el punto de convertirte en un adicto, en un cazador de vicolos desconocidos, en un amante de los callejones oscuros. Aprendes a querer estos paseos silenciosos que se acaban por convertir en el centro de tus días, tanto que los “espera al verano y ya verás” adquieren cada vez más el tono de una amenaza.

Así, mientras Matera espera al verano, con sus gentes tomando a golpe de spritz las calles, con el trenecito turístico recién estrenado y las tropas de Hiroito cámara en mano a las puertas; uno al final casi lo que quiere es que la primavera no termine, que las hordas de turistas no invadan esas desiertas y pedregosas callejuelas que ya casi son mías, que no me roben mi silencio. Que vengan, se hagan sus fotos, dejen algo de pasta y se vayan. Pero sobre todo que no molesten, como siempre se ha hecho. Convencido de que ese “aquí no pasa nada” es lo mejor que te puede ocurrir. O tal vez uno no quiere que termine la primavera porque sabe que después del verano llegará el otoño. Y con él llegará ese 3 de octubre que te dice que han pasado 9 meses y es momento de coger tu maleta, con los pocos sueños que te ofrece hoy en día el regreso a España, y marcharte de aquí hasta ver Matera tan de lejos como en las postales, donde la ciudad aparece tan preciosa como irreal, donde la ciudad se convierte en decorado.En un conjunto de casas sin calles, sin vida.

Raffaele una vez dijo, en un atardecer en la Murgia y con la ciudad al fondo, que tiempo atrás los materanos tenían la orden de, al caer la noche, encender una vela en cada una de las ventanas de sus casas. Que así, viendo la ciudad desde el lugar en el que estábamos, no se pudiese distinguir dónde termina Matera y dónde empieza el cielo. Yo no sé si la historia es verdad o si la comparación es exagerada. La única verdad es que el cielo no tiene tantos rincones. Él se lo pierde.

Fifth Edition

5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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