Días panameños

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Junio 2011. En un avión hacia Centroamérica. Hacía una semana que había hecho mi último examen en la universidad, había conseguido mi título y había decidido hacer un voluntariado en Panamá. Sobrevolaba el océano con mil ideas, mucha incertidumbre y muchas ganas de descubrir.

Al llegar a Panamá a las once de la noche, una ola de humedad asfixiante se apoderó de esa inspiración. Época de lluvias, humedad y calor. Lo único que tuve tiempo de entender es que una chica japonesa de la ONG me vino a buscar y me llevó a lo que sería mi apartamento, donde convivían al menos trece personas en cuatro camas, todas voluntarias en diferentes proyectos.

Me desperté a las siete del día siguiente. Sólo tenía ganas de saber dónde trabajaría, qué haría y con quién. Intenté no despertar mis compañeros de piso, esparcidos en colchones por el suelo, acostumbrados ya al calor y humedad panameños. Me duché y bajé a la Churrería Manolo. Era el único bar que veía desde mi apartamento y tenía Internet. Me pareció bastante irónico comer un churro en mi primer desayuno en Ciudad de Panamá. En la Churrería Manolo pude mandar noticias a mi familia. Ni siquiera pude terminarme el café. Estaba en una nube de impaciencia y curiosidad, y tenía demasiado calor. Eran las ocho de la mañana, estaba en Centroamérica y en una hora conocería a la gente con la que estaría durante toda mi experiencia de voluntariado panameño. Pedí a la camarera indicaciones para ir a pie a la oficina de la ONG, y me contestó alarmada que tendría que tomar un taxi porque era demasiado peligroso andar hasta ahí. Más tarde me daría cuenta de que Panamá City es una de las ciudades más caóticas y desordenadas que he conocido, y que todo el mundo se mueve en taxi porque, básicamente, no hay aceras.

Esperé quince minutos antes de conseguir cruzar Vía España, una calle de cinco carriles (o seis, dependiendo de las maniobras panameñas para adelantar), sin semáforo. Anduve paralela a la Vía, arriba y abajo, sin saber cuándo podría cruzar entre la avalancha de coches y Diablos rojos. Detrás de esa especie de arlequines con ruedas se adivinaban autobuses públicos, con luces de todos los colores, pelusas pegadas a las ventanas y sirenas de feria. Los Diablos Rojos eran antiguos autobuses escolares en Estados Unidos, y Panamá los compraba cuando los estadounidenses decidían que ya no podían utilizarlos; con algunos adornos festivos y sacando las puertas que ya no cerraban bien, los Diablos constituían la red de autobuses populares.

Llegué a la oficina de la ONG, hablé con los demás voluntarios y supe más sobre mi voluntariado. “Mañana por la mañana te vas de Brigadas a Darién con tu primer grupo”. Darién, la jungla que une Panamá y Colombia. Darién, la provincia más grande del país, cubierta por una tupida selva tropical y habitada por 40 comunidades semi-nómadas Emberás, instaladas a orillas de los ríos Chucunaque, Sambú y Tuira, una de las etnias indígenas más grandes de Panamá. Región de cabañas construidas a base de madera del árbol cocobolo y decoradas con la fibra de la palma chunga. Zona fronteriza de contrabando y violencia, a veces, zona de biodiversidad virgen, otras. Jungla enigmática, región olvidada o, más bien, ignorada por el Gobierno. El único tramo entre Alaska y Argentina que impide que la carretera Panamericana conecte los dos continentes. “El tapón de Darién”.

La noche antes de empezar brigadas conocí la lluvia caribeña. Calor y lluvia, tierra de contrastes. La lluvia hacía disparar las alarmas de los coches y llenaba las calles de riachuelos que bajaban con fuerza y salpicaban hasta las rodillas. Pero el agua no parecía dar tregua al calor y humedad panameños. Tenía ganas de descubrir el Darién, ganas de entender más sobre ese país cuya capital parecía una reproducción de cualquier ciudad norteamericana, llena de fast-food y admiración por la bandera de Estados Unidos. Estaba segura de que Panamá tenía otra cara, otras culturas y paisajes vírgenes.

Brigadas. Brigadas médicas, de derecho, medioambientales, de agua, de negocios… Mi trabajo voluntario consistía en ser intérprete español-inglés entre los voluntarios internacionales que venían a trabajar durante dos semanas en proyectos locales y los panameños que vivían en la zona del Darién, zona de jungla y tráfico; sin infraestructuras, sin políticas que defendieran los derechos indígenas ni protegieran la biodiversidad del lugar.
La mayor parte de los voluntarios venían de Estados Unidos o de Inglaterra y pocas veces hablaban español. Mi función era, pues, facilitar la comunicación entre los cooperantes y los panameños, y permitir que los gringos entendieran la realidad de los habitantes del Darién y pudieran trabajar con ellos.
Dormíamos todos en el compound, una infraestructura medio abierta construida por father Wally, un cura estadounidense que 40 años atrás se había instalado en la provincia y había permitido que panameños y emberás trabajaran juntos para la conservación del Darién. El compound tenía alrededor de 150 camas, repartidas en espacios delimitados por muros pero sin techo ni ventanas, sólo mosquiteras para evitar que los voluntarios se infectaran de Dengue o Malaria, y para que los murciélagos no invadieran las habitaciones por la noche. Cada día, después del clásico desayuno panameño a base de frutas tropicales y arepas de maíz, los voluntarios nos trasladábamos a las comunidades y trabajábamos con los panameños y emberás de la provincia. Los primeros días de cada brigada, el día consistía en intercambiar experiencias y puntos de vista, en acercar culturas diferentes y conocer mundos paralelos; los siguientes días, los voluntarios internacionales y los panameños trabajaban conjuntamente en proyectos de educación o medioambiente, salud pública o derechos de los habitantes del Darién.

El trabajo de intérprete me permitía escuchar cada día las voces panameñas olvidadas, esas voces que abrían un mundo desconocido a todos voluntarios, esas voces de las madres, padres y niños emberás, en una provincia con más del 50% de malnutrición infantil. Los intérpretes trabajábamos en diferentes brigadas, por lo que, al cabo de unos días, conocíamos a los habitantes del Darién, sus nombres, vidas y sueños, y ellos nos conocían a nosotros. Éramos la voz de todos esos voluntarios que visitaban las comunidades durante apenas dos semanas. Días de enigmática jungla, de colores jamás vistos, de culturas y modos de vida diferentes, de comida local y lenguas minoritarias; días de descubrimiento de un país, lejos de la capital invadida por publicidad estadounidense, días panameños.

Después de tres meses en Centroamérica, me mudé a Francia. Un viaje de más de 70 horas me trasladó de la jungla a Marsella, ciudad caótica y romántica, mediterránea e intercultural. Abrí la mochila de viaje y una araña peluda salió de la bolsa. Aviones, trenes y autobuses…y esa araña había sobrevivido! ¿Por qué habría querido meterse en mi mochila de europea y abandonar la jungla? Me sentí triste por no poderle ofrecer esa misma biodiversidad en que vivíamos las dos hacía un par de días. Sin embargo, me di cuenta de que esa araña era la prueba de que nada había sido un sueño…

Fifth Edition

5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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