Rumania, una nueva vida

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Llegué a Suceava, Rumania, en Octubre del 2003 con una mochila llena de ideas, un billete de vuelta, el reto de crear una revista con jóvenes marginalizados y la felicidad de comenzar una nueva vida. Era la única voluntaria europea de la ciudad y casi del país que por aquel entonces no era un destino frecuente para los voluntarios europeos. Los otros extranjeros de la ciudad eran los voluntarios americanos de Peace Corps. Decidí sumergirme de lleno en el idioma y la cultura rumana, quería saber cuanto pudiera sobre el país. Me había traído de España unos libros sobre historia moderna de Rumania y en mi tiempo libre viajaba por el país y charlaba con la gente. A través de los viajes, de las conversaciones y de la interacción con los jóvenes de mi proyecto me di cuenta de que una nube de pesimismo cubría el país. La situación social había creado una ola depresiva que controlaba la vida de las personas y que se palpaba cada día.

Pobreza, hambre, alcoholismo, desempleo, la obsesión por el dinero, la falta o el exceso del mismo, coches de lujo, chalets, tiendas de second hand (segunda mano), tabernas llenas, sobornos, miradas perdidas, caras cansadas, gente agotada, dos trabajos, tres trabajos, religión, resignación, colas enormes en las estaciones, deseo de huir, de escapar, migración, oscuridad.

Podías oler y tocar la depresión, veías personas que cargaban a sus espaldas un gran peso que les hacía caminar encorvados. Nunca pensé que llegaría a beber una botella de vino con la frustración o que charlaría con la tristeza, antes eran sólo conceptos abstractos si bien en aquellos días tenían nombre y apellidos. Sentía que cada día era una lucha, que tenía que pelear y protegerme de un enemigo invisible que intentaba apoderarse de cada rincón de mi existencia.

El cielo era una cúpula que te aprisionaba con su textura de cemento gris y te sentías atrapado como en una bola de cristal de la que no podías salir. Me faltaba el aire, respiraba a bocanadas agonizando como un pez fuera del agua. Era invisible. El no entender el idioma ayudaba a acrecentar esa invisibilidad. Un día en un semáforo por primera vez entendí todo lo que dos señoras estaban hablando y de repente fui visible. Caminando por las calles utilizaba mi recién estrenado poder para escuchar las conversaciones de la gente que en su mayoría giraban entorno a los que habían emigrado o al dinero.

Poco a poco me fui integrando más y más en la cultura rumana. Por aquella época el SVE tenía una continuación llamada Capital Futuro a través de la cual podías prolongar tu proyecto por un año con el fin de convertirlo en una futura actividad laboral. Lo solicité, me lo concedieron y me hizo muy feliz poder continuar desarrollando mi proyecto: una revista bilingüe en inglés y rumano,llamada Brainstorming, hecha por y para jóvenes que analizaba sus problemas sociales y aportaba soluciones apoyándose en las iniciativas locales, los proyectos de networking y otras acciones del programa Juventud en Acción.

A mitad de mi segundo año de proyecto, en la primavera del 2005 mi vida en Rumania dio un giro inesperado. Mi organización se disolvió, mi proyecto quedó en el aire y todos mis conocidos se marcharon fuera del país o a otras ciudades. Me quedé sola, sin trabajo, sin permiso de residencia y sin casa. En el bolsillo un billete de vuelta a España que nunca utilicé y que aún guardo para recordar el momento en el que tomé la decisión que me cambió la vida, el día en el que elegí quedarme en Rumania a pesar de mi situación.

No quise que las circunstancias me robaran la oportunidad de quedarme y de sacar adelante mi proyecto. Algo me decía que tenía que luchar y continuar mi viaje. Ahora me doy cuenta que se trataba de un viaje más profundo, uno personal e íntimo.

Me mudé a Bucarest, encontré un apartamento, creé una ONG en la que incluí mi proyecto y con la que me aseguré el permiso de residencia y un trabajo y por el camino dejé de ser una extranjera. Intentando manejarme sola me di de bruces con la misma realidad a la que se enfrentaba cualquier rumano. La burocracia, las “atenciones”, las leyes cambiantes y a veces absurdas, los funcionarios antipáticos y aprovechados pero también con personas amables que me echaron una mano desinteresadamente cuando lo necesitaba. Empecé a entender a los rumanos, sus emociones y sentimientos algo que hasta entonces sólo podía entender racionalmente. Poco a poco mi alma se fue rumanizando.

Han pasado nueve años y aquí sigo, viviendo en Rumania y ocupándome de otra revista inspirada en aquella que inicié durante mi SVE. Son muchos los que aún no entienden mi empecinamiento o como he “resistido”, esta es la palabra que más a menudo oigo. No entienden que haya peleado tanto por quedarme. ¿Cuál ha sido tu ganancia? me preguntan curiosos.

Mi ganancia es mi hoy, mi ahora.

Con el voluntariado europeo buscaba una experiencia que cambiara mi perspectiva sobre la vida y la he encontrado. Los obstáculos que aparecieron a lo largo del camino no están relacionados con este país, ha sido la vida misma que pasaba, que me zarandeaba obligándome a dar lo mejor de mí. Puede que Rumania me haya elegido, yo me haya dejado y de alguna manera hemos conseguido un entendimiento mutuo, un diálogo perfecto.

Sin duda puedo decir con orgullo que el SVE me cambió la vida, y me ofreció una nueva de la que sigo disfrutando.

Fifth Edition

5While closing the 4th edition of Scriptamanent, after the final meeting in Izmir, we are already preparing the new call for the next edition of the project. Stay tuned!

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